
En una discusión sobre homosexualidad alguien puede afirmar: “Esto no se discute: la homosexualidad es una abominación y eso es Palabra de Dios”. Para una persona creyente, el argumento parece definitivo. Si Dios ha establecido algo, ningún cambio cultural, descubrimiento científico o razonamiento humano podría convertirlo en falso.
Para quienes somos educadores, sin embargo, una afirmación así plantea un problema particular. Nuestra tarea consiste precisamente en ayudar a las personas a preguntar, contrastar, comprender y construir criterios. ¿Qué hacemos entonces cuando una convicción religiosa se presenta como una verdad que ya no admite ninguna pregunta?
Conviene aclarar desde dónde escribo estas líneas. Personalmente, no comparto la valoración moral que la doctrina católica actual hace de la homosexualidad. Considero que las distintas orientaciones sexuales forman parte legítima de la diversidad de la sexualidad humana. El conocimiento científico contemporáneo no determina por sí mismo esta valoración moral, pero ofrece, a mi juicio, razones importantes para sostenerla: la homosexualidad no es considerada una enfermedad, no puede explicarse como una simple elección voluntaria y su origen parece responder a una interacción compleja de factores que todavía no comprendemos completamente. No necesito, por tanto, que una futura modificación doctrinal de la Iglesia legitime esta convicción.
Pero éste no es un texto dirigido solamente a quienes piensan como yo. Me interesan particularmente aquellos educadores y catequistas católicos que, desde una adhesión sincera a su fe y a su Iglesia, experimentan una tensión difícil de resolver. Conocen personas homosexuales —quizá sus estudiantes, sus hijos, sus amigos o incluso ellos mismos— cuya experiencia humana no corresponde con la imagen de algo enfermo, degradado o moralmente inferior. Conocen además algo de lo que las ciencias contemporáneas nos permiten saber sobre la orientación sexual y, al mismo tiempo, encuentran una enseñanza eclesial que continúa calificando los actos homosexuales como “intrínsecamente desordenados” y “contrarios a la ley natural”.
A ellos quisiera dirigir especialmente esta reflexión. No para decirles qué deben creer, sino para mostrar que la duda que experimentan no necesariamente supone abandonar la fe ni traicionar su tradición. La propia historia de la Iglesia ofrece razones para distinguir entre la fidelidad a Dios y la obligación de considerar definitiva toda interpretación eclesial formulada en un determinado momento histórico.
La cuestión, por tanto, no consiste en discutir si Dios puede equivocarse. Para quien cree, evidentemente no. La pregunta es otra: ¿podemos equivocarnos los seres humanos al interpretar lo que Dios quiere? Y, más concretamente, ¿puede la Iglesia llegar a considerar expresión de la voluntad divina algo que siglos después ella misma comprenda de otra manera?
La historia del catolicismo obliga a responder que sí, aunque los cambios no hayan sido todos iguales.
Cuando lo que parecía firme tuvo que ser reconsiderado
Pensemos primero en la libertad religiosa. Durante el siglo XIX, el magisterio católico combatió severamente algunas concepciones modernas de libertad de conciencia y de religión. Sin embargo, en 1965 el Concilio Vaticano II declaró solemnemente en Dignitatis humanae que “la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa” y afirmó que ese derecho está fundado en la dignidad humana, conocida tanto por la razón como por la Palabra revelada de Dios (Dignitatis humanae, n. 2). Más aún: el propio Concilio sostuvo que esta doctrina tiene sus raíces en la Revelación (n. 9).
El contraste merece atención. Aquello que en determinado momento se consideró incompatible con la defensa de la verdad religiosa llegó posteriormente a ser comprendido como una exigencia de la dignidad humana que encuentra fundamento en la propia revelación. La Iglesia explica este proceso como desarrollo y profundización de su doctrina, no como si Dios hubiera cambiado de opinión. Pero precisamente ése es el punto: lo que cambió fue la comprensión humana de lo que la fidelidad a Dios exigía.
Algo semejante ocurrió en la relación con el pueblo judío. Durante siglos, determinados textos del Nuevo Testamento —por ejemplo Mateo 27,25— alimentaron interpretaciones que responsabilizaban colectivamente a los judíos por la muerte de Jesús. El Concilio Vaticano II afirmó después, en Nostra aetate, que la Pasión de Cristo no puede imputarse indistintamente a todos los judíos de entonces y mucho menos a los actuales, y pidió que no se enseñara nada que presentara a los judíos como reprobados o malditos por Dios (n. 4). Décadas después, durante el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II presidió una petición pública de perdón por pecados cometidos por cristianos a lo largo de la historia, entre ellos actitudes y acciones contrarias al amor debido al pueblo de la Alianza.
También resulta ilustrativa la pena de muerte. Durante siglos fue considerada moralmente admisible por la tradición católica bajo determinadas circunstancias. Sin embargo, en 2018 el Catecismo fue reformulado y actualmente afirma que la pena de muerte es “inadmisible” porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona (CIC 2267). La Congregación para la Doctrina de la Fe explicó expresamente que esta modificación constituye un “auténtico desarrollo de la doctrina”.
La relación con la ciencia ofrece otros ejemplos reveladores. El caso de Galileo es probablemente el más conocido. En 1633 fue condenado por el Santo Oficio por defender el movimiento de la Tierra, en un conflicto en el que determinadas interpretaciones de la Escritura desempeñaron un papel importante. Con el tiempo, la Iglesia aceptó el heliocentrismo y reconsideró profundamente aquel episodio. En 1992, al recibir las conclusiones de la comisión que había estudiado el caso, Juan Pablo II señaló los errores cometidos por los teólogos de la época al no distinguir suficientemente entre la Escritura y una determinada cosmología. El problema no era que hubiera cambiado la Palabra de Dios: había cambiado nuestra comprensión de aquello que la Biblia pretendía enseñar acerca del mundo natural.
Algo semejante puede observarse respecto de la evolución. La teoría evolutiva produjo fuertes resistencias en sectores cristianos porque parecía incompatible con la narración bíblica de la creación. La posición católica fue desarrollándose gradualmente. En 1950, Pío XII, en Humani generis, reconoció como legítima la investigación y discusión sobre la evolución del cuerpo humano a partir de materia viva preexistente, manteniendo la afirmación teológica de que el alma espiritual es creada por Dios. En 1996, Juan Pablo II reconoció ante la Academia Pontificia de Ciencias que los conocimientos acumulados permitían considerar la evolución “más que una hipótesis”. Una vez más, el avance científico no obligó a abandonar la fe en la creación, pero sí a distinguirla de una determinada interpretación del origen biológico del ser humano.
La esclavitud ofrece un ejemplo particularmente incómodo y complejo. Durante siglos, las sociedades cristianas convivieron con distintas formas de esclavitud, y textos bíblicos que regulaban las relaciones entre esclavos y amos fueron utilizados para considerarla compatible con el orden social cristiano. La posición eclesial no fue uniforme: existieron también condenas de determinadas formas de esclavización y voces cristianas que defendieron la libertad de las personas esclavizadas. Pero la condena inequívoca fue producto de un largo desarrollo histórico. Hoy el Catecismo afirma que reducir a seres humanos a un valor de uso o a una fuente de beneficio mediante su compra, venta o intercambio constituye un pecado contra su dignidad y sus derechos fundamentales (CIC 2414).
Estos ejemplos son distintos y sería incorrecto afirmar que en todos ellos cambió un dogma. Unas veces cambió una interpretación de la Escritura; otras, un juicio moral, una práctica institucional o una formulación doctrinal. Pero esta precisión no debe utilizarse para minimizar el alcance de los cambios. Algunas posiciones posteriormente abandonadas o profundamente reformuladas habían sido defendidas apelando precisamente a la Escritura, la tradición, la ley natural, la verdad religiosa o la voluntad de Dios.
Por eso, decir “es Palabra de Dios y, por tanto, nunca podrá revisarse” no resuelve históricamente la cuestión. La experiencia del cristianismo muestra que puede permanecer la convicción de que la Palabra de Dios es verdadera y cambiar profundamente la interpretación humana de lo que esa Palabra exige.
¿Y qué ocurre con la homosexualidad?
La posición oficial actual de la Iglesia debe exponerse con precisión, aunque no se comparta. El Catecismo no llama “abominables” a las personas homosexuales. La palabra “abominación” aparece en determinados textos bíblicos, particularmente Levítico 18,22 y 20,13, referidos a actos sexuales entre varones, y esos textos han tenido una larga historia de interpretación. Pero no es ése el lenguaje con el que el Catecismo actual se refiere a las personas homosexuales.
El Catecismo distingue entre personas, inclinación y actos. Considera los actos homosexuales “intrínsecamente desordenados” y “contrarios a la ley natural”, y sostiene que no pueden recibir aprobación. Respecto de la inclinación homosexual profundamente arraigada, utiliza también la expresión “objetivamente desordenada”. Al mismo tiempo, exige que las personas homosexuales sean acogidas “con respeto, compasión y delicadeza” y que se evite hacia ellas “todo signo de discriminación injusta” (CIC 2357-2359).
Pero aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué quiere decir la Iglesia cuando afirma que algo es contrario a la “ley natural”?
Para la tradición católica, ley natural no significa simplemente “lo que ocurre habitualmente en la naturaleza”. El propio Catecismo afirma que la ley natural permite a la persona discernir mediante la razón el bien y el mal, y que se llama natural porque la razón que la descubre pertenece propiamente a la naturaleza humana (CIC 1954-1956). Por tanto, cuando la Iglesia apela a la ley natural no está apelando únicamente a una revelación sobrenatural inaccesible a la investigación humana. Está haciendo también afirmaciones racionales acerca de qué es el ser humano, qué significan su cuerpo y su sexualidad y cuáles son los fines propios de ésta.
Y precisamente por eso la ciencia sí tiene algo que decir en esta conversación, aunque no pueda resolver por sí sola la cuestión moral.
La ciencia no puede demostrar que una relación homosexual sea moralmente buena o mala. Ésas son conclusiones filosóficas, éticas y teológicas. Pero las ciencias sí pueden estudiar qué es la orientación sexual, cómo se desarrolla, si constituye una enfermedad, hasta qué punto es voluntariamente elegida, qué factores intervienen en ella y qué sabemos acerca de la vida afectiva y sexual de las personas homosexuales. Si una argumentación moral parte de una determinada comprensión de la naturaleza humana, los nuevos conocimientos acerca de esa naturaleza son relevantes para examinar las premisas sobre las que se construye ese razonamiento.
¿Y qué sabemos actualmente?
No sabemos por qué una persona concreta desarrolla una orientación heterosexual, bisexual u homosexual. Una amplia revisión científica realizada por J. Michael Bailey, Paul Vasey, Lisa Diamond y otros investigadores, publicada en 2016 en Psychological Science in the Public Interest, examinó la evidencia disponible sobre orientación sexual y mostró la complejidad del fenómeno y la ausencia de una explicación causal única (Bailey et al., 2016).
En 2019, Andrea Ganna y un amplio equipo internacional publicaron en Science el mayor estudio genómico realizado hasta entonces sobre conducta sexual con personas del mismo sexo, utilizando datos de 477,522 personas. Encontraron múltiples variantes genéticas asociadas, cada una con efectos muy pequeños. Sus resultados descartan la explicación popular de un único “gen gay”: existe una arquitectura genética compleja, pero los datos genéticos no permiten predecir significativamente la conducta sexual de una persona (Ganna et al., 2019). Es importante precisar que este estudio investigó principalmente conducta sexual con personas del mismo sexo, que no equivale exactamente a abarcar todas las dimensiones de la orientación sexual.
Existe, además, un consenso científico fundamental: la homosexualidad no es considerada un trastorno mental. La American Psychiatric Association la retiró de su clasificación diagnóstica en 1973 y la Organización Mundial de la Salud dejó de clasificarla como trastorno en 1990. La American Psychological Association señala igualmente que las orientaciones heterosexual, bisexual y homosexual forman parte de la sexualidad humana y que la orientación sexual no puede entenderse simplemente como una elección voluntaria.
A partir de estos conocimientos —y también de una determinada concepción de la dignidad, la autonomía y la diversidad humana— personalmente concluyo que la homosexualidad puede ser reconocida como una variante legítima de la sexualidad humana. Conviene hacer explícita esta distinción: la ciencia aporta conocimientos fundamentales para sostener esta conclusión, pero la palabra “legítima” expresa además una valoración ética que la ciencia, por sí sola, no puede decretar.
Del mismo modo, estos conocimientos científicos tampoco demuestran automáticamente que la doctrina moral católica sea falsa. Pero sí hacen legítimo examinar algunas de las premisas antropológicas sobre las que se ha construido. Si la Iglesia apela a la naturaleza humana y a la razón para fundamentar su enseñanza, entonces aquello que vamos conociendo científicamente sobre la sexualidad humana debe formar parte de la conversación.
La cuestión intelectualmente seria no consiste, por tanto, en enfrentar “ciencia” contra “Palabra de Dios”. Consiste en preguntar algo más preciso: ¿sigue siendo suficiente la comprensión de la naturaleza humana y de la sexualidad sobre la cual se formuló históricamente determinada conclusión moral, a la luz de lo que ahora sabemos?
Yo tengo una respuesta personal a esa pregunta. Considero que la comprensión tradicional resulta insuficiente para dar cuenta de la diversidad de la sexualidad humana. Pero puedo comprender que un educador católico que mantiene una relación de fidelidad con su Iglesia no llegue fácilmente a esa misma conclusión. Precisamente para él o para ella puede ser importante saber que formular la pregunta no equivale necesariamente a renunciar a la fe.
Una pregunta que la historia obliga a dejar abierta
No sabemos qué enseñará la Iglesia católica sobre la homosexualidad dentro de cincuenta, cien o doscientos años. Sería irresponsable afirmar que necesariamente cambiará su doctrina. Pero resulta igualmente injustificado asegurar que jamás podrá hacerlo.
Y aquí conviene distinguir nuevamente mi posición personal de esta incertidumbre histórica. Yo no necesito esperar a que la Iglesia cambie su doctrina para reconocer la homosexualidad como una expresión legítima de la diversidad sexual humana. La incertidumbre se refiere a lo que hará la Iglesia en el futuro, no a la posición que personalmente sostengo hoy.
Sin embargo, para quienes permanecen dentro de su marco doctrinal, la historia del catolicismo ofrece una razón importante para conservar cierta humildad. Otras posiciones que parecieron sólidamente fundamentadas en la Escritura, la tradición, la razón, la ley natural o la voluntad de Dios fueron posteriormente reinterpretadas. En algunos casos la Iglesia llegó incluso a reconocer errores y a pedir perdón por actuaciones históricas de sus propios miembros.
Por eso no es inconcebible que los católicos del futuro miren hacia nuestra época y se pregunten si comprendimos suficientemente la realidad de las personas homosexuales; si la interpretación de la ley natural hizo justicia a todo lo que posteriormente llegamos a conocer sobre la sexualidad humana; o si, creyendo defender una verdad, las comunidades cristianas contribuyeron también al miedo, la vergüenza, el rechazo y la discriminación de millones de personas.
Tal vez esto nunca ocurra. Quizá la Iglesia mantenga sustancialmente su enseñanza actual. No podemos saberlo. Pero precisamente porque no lo sabemos, quienes hoy se sienten divididos entre su fidelidad eclesial y aquello que su experiencia y el conocimiento contemporáneo les muestran no tendrían por qué considerar esa duda como una falta de fe.
En diciembre de 2023 apareció, además, una muestra significativa de que la práctica pastoral puede evolucionar incluso cuando la doctrina moral permanece. Fiducia supplicans, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, reafirmó la enseñanza católica sobre el matrimonio y, al mismo tiempo, permitió determinadas bendiciones pastorales espontáneas y no ritualizadas de parejas del mismo sexo, sin equipararlas al matrimonio. El documento habla incluso de aquello que puede haber de “verdadero, bueno y humanamente válido” en la vida y las relaciones de quienes solicitan una bendición (Fiducia supplicans, n. 31).
Esto no significa que la Iglesia haya cambiado su doctrina sobre las relaciones homosexuales. No lo ha hecho. Pero muestra que incluso dentro de la enseñanza vigente pueden desarrollarse formas diferentes de aproximación pastoral.
¿Qué significa todo esto para quienes educamos?
Para quienes trabajamos en la educación formal, la educación popular o la catequesis, todo esto plantea una responsabilidad particular.
No todos partimos de las mismas convicciones religiosas o morales. Pero compartimos una responsabilidad educativa: no impedir que nuestros estudiantes conozcan, pregunten, contrasten evidencias y construyan criterios propios.
Un educador católico puede decir con toda claridad: “Ésta es actualmente la enseñanza moral de la Iglesia católica”. Presentarla fielmente forma parte de su derecho y, en determinados espacios educativos, de su responsabilidad. Pero debería ser igualmente capaz de decir: “Esto es lo que actualmente sabemos desde la genética, la psicología, la medicina y otras ciencias acerca de la orientación sexual”.
Presentar honestamente ambas cosas no constituye una traición a la educación católica. Constituye una exigencia de honestidad intelectual.
Esto supone aprender a distinguir los diferentes tipos de afirmaciones que hacemos. Una convicción teológica no puede demostrarse o refutarse mediante un experimento de laboratorio. Pero una afirmación acerca de la genética, el desarrollo psicológico, la salud mental o la sexualidad humana sí puede y debe contrastarse con la investigación disponible.
Por eso tampoco basta con calificar como “ideología de género” cualquier conocimiento o planteamiento que contradiga nuestras convicciones previas. Una afirmación científica puede ser discutida, por supuesto, pero debe discutirse examinando sus conceptos, métodos, datos y conclusiones. Llamarla “ideología” no constituye por sí mismo un argumento académico. Del mismo modo, presentar un hallazgo científico tampoco basta para resolver automáticamente una cuestión moral o teológica.
Educar consiste precisamente en enseñar a hacer estas distinciones.
Hay, además, una responsabilidad todavía mayor. Cuando hablamos de homosexualidad en un salón de clases, un grupo catequético o un proceso de educación popular, nunca sabemos completamente quién nos escucha.
Puede estar frente a nosotros un adolescente o un adulto homosexual que todavía no se atreve a decirlo. Puede haber una madre que acaba de enterarse de que su hijo es homosexual y no sabe cómo reaccionar. Puede escucharnos alguien que lleva años intentando modificar una orientación que no eligió. Puede haber una persona que ya experimentó rechazo en su familia o en su comunidad religiosa. Puede estar también un educador o catequista homosexual que intenta conciliar silenciosamente su experiencia con aquello que su comunidad religiosa le ha enseñado.
Nuestras palabras, por tanto, nunca se pronuncian en el vacío.
Un educador puede contribuir a comprender una realidad humana compleja o puede aumentar el miedo. Puede favorecer el diálogo familiar o reforzar el rechazo. Puede ayudar a una persona a reconocerse con dignidad o hacerle sentir que existe en ella algo vergonzoso que debería desaparecer.
Por eso la humildad intelectual es también una responsabilidad pedagógica.
La historia de la Iglesia recuerda a los educadores católicos que algunas convicciones que parecieron indiscutibles tuvieron que ser reconsideradas cuando nuevas experiencias históricas, nuevas reflexiones teológicas o nuevos conocimientos científicos permitieron mirar la realidad de otra manera. No sabemos si algo semejante ocurrirá algún día con la comprensión católica de la homosexualidad.
Pero sí sabemos algo que me parece más inmediato: ningún educador debería convertir la certeza de sus propias convicciones en permiso para dejar de preguntar, dejar de escuchar o impedir que sus estudiantes conozcan aquello que la humanidad ha ido aprendiendo.
Quienes comparten la enseñanza moral actual de la Iglesia pueden mantener esa convicción y, al mismo tiempo, reconocer que la historia aconseja sostenerla con humildad, escuchar seriamente el conocimiento científico y evitar convertirla en miedo, vergüenza o rechazo hacia otras personas.
Ante una familia que descubre que una hija o un hijo es homosexual, nuestra tarea como educadores no tendría por qué consistir en alimentar el temor acerca de lo que salió “mal”, buscar culpables o incrementar la angustia. Podemos escuchar, acompañar, ofrecer información seria y, sobre todo, procurar que el miedo no destruya los vínculos de amor que esa familia ya posee.
Para el educador católico existe, además, una razón procedente de su propia tradición para hacerlo: conservar abierta la posibilidad de que todavía no comprendamos completamente.
Quizá dentro de muchas décadas la Iglesia mantenga su posición actual. Quizá encuentre nuevas formas de comprender la ley natural y la sexualidad humana. Quizá llegue incluso a reconocer que algunas formulaciones, interpretaciones o prácticas cristianas contribuyeron durante siglos a una discriminación por la que sea necesario pedir perdón, como ha ocurrido frente a otros capítulos de su historia.
No lo sabemos.
Yo no hago depender de esa posibilidad mi propia valoración de la homosexualidad. Pero comprendo el predicamento de quienes sí necesitan recorrer ese camino desde dentro de la fe católica. Y precisamente a ellos quisiera decirles que abrir la pregunta, escuchar a las personas homosexuales, conocer seriamente lo que la ciencia ha descubierto y negarse a alimentar el miedo o el rechazo no necesariamente significa abandonar su fe.
Puede significar, por el contrario, asumir con seriedad una enseñanza que la propia historia del cristianismo ha dejado más de una vez: que nuestras certezas humanas, incluso cuando intentan expresar nuestra fidelidad a Dios, siguen siendo humanas.
Para quienes educamos, esto supone crear espacios donde la fe no tenga miedo de las preguntas, donde el conocimiento científico pueda ser examinado con rigor en lugar de ser descalificado de antemano y donde ninguna persona tenga que sentir que su dignidad depende de ajustarse a nuestras certezas.
Quien cree puede seguir afirmando que la Palabra de Dios permanece. Pero puede reconocer, al mismo tiempo, que nuestra comprensión humana de ella continúa aprendiendo.
Y quienes educamos, creyentes o no, podemos coincidir al menos en algo: mantener abiertas las preguntas, buscar honestamente el conocimiento disponible y procurar que nuestras convicciones nunca se conviertan en una razón para disminuir la dignidad de las personas que tenemos delante.
Referencias
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Bailey, J. M., Vasey, P. L., Diamond, L. M., Breedlove, S. M., Vilain, E., & Epprecht, M. (2016). Sexual Orientation, Controversy, and Science. Psychological Science in the Public Interest, 17(2), 45-101. DOI: 10.1177/1529100616637616.
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Ganna, A., Verweij, K. J. H., Nivard, M. G., et al. (2019). Large-scale GWAS reveals insights into the genetic architecture of same-sex sexual behavior. Science, 365(6456), eaat7693. DOI: 10.1126/science.aat7693.
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